The Invisible Cage | Víctor Castillo | Curatorial Text | Miguel López

El mágico embrujo de la campana

La exposición La jaula invisible de Víctor Castillo toma como punto de partida los imaginarios, protocolos y conductas asociados al universo educativo, ofreciéndonos una mirada desencantada y cruda del momento actual. Castillo, artista chileno residente en Los Ángeles, escarba en su memoria y en materiales provenientes de la cultura de masas para explorar dimensiones ocultas de los cuentos infantiles y personajes animados del mundo infantil: sus efectos sicológicos, sus usos políticos, cómo proyectan falsos espejismos de la realidad, qué expectativas, valores o percepciones del mundo transmiten y cómo modelan la gestualidad del cuerpo.

El artista vampiriza la estética de los dibujos animados, construyendo pequeñas historias como extensión de esos universos gráficos para subrayar sus trasfondos de crueldad y violencia. Frente al horizonte idealizado de felicidad de estos relatos y animaciones, Castillo opone las huellas del despotismo y la dominación. Castillo quién nació en 1973 –el mismo año del golpe militar en Chile– creció mirando televisión en el contexto de la dictadura. Volver críticamente sobre su fascinación temprana por los dibujos animados –por ejemplo, por la serie animada norteamericana Merrie Melodies producida entre los treinta y los sesenta– ha significado para el artista revisar la manera en que la importación de contenidos norteamericanos que él consumía cuando niño se intersecta con la máquina de persecución, tortura y muerte de la dictadura entonces apoyada por Estados Unidos. En ese sentido, su trabajo forma parte de una constelación de artistas que elaboran desde el trauma de la dictadura explorando los vínculos trágicos entre el imaginario visual y comercial y los golpes militares en América del Sur.

Pero a diferencia de otros artistas de su generación, las obras de Castillo no son registros o reelaboraciones del pasado. Por el contrario, lo que pinta son los destellos lánguidos de un eventual futuro. El título de la exposición retoma una idea del Che Guevara –que el artista captura de la película Che de Steven Soderbergh–, trasladando sus reflexiones de la enajenación de los individuos producto de la “jaula invisible” de la lógica capitalista hacia las dinámicas propias del aula de clases. El sometimiento de la vida a las leyes de la economía mercantil se convierte, en las pinturas de Castillo, en una metáfora cruda de la educación como un mundo colonizado. Sus obras responden a la situación en donde el triunfo global de las lógicas financieras ha logrado que el ámbito educativo sea visto como una forma de inversión, lo cual viene significado el desmantelamiento progresivo de la educación pública avalado por las políticas neoliberales en toda la región.

Las pinturas tituladas El peor de la clase o The Magic Spell of the Bell son elocuentes. Castillo retrata cáusticamente modelos escolares comandados bajo una lógica policial o puramente competitiva, resaltando las formas en que la disciplina opera sobre los cuerpos, estableciendo escalafones, jerarquías y patrones de comportamiento ‘correcto’. El artista da cuenta de cómo las instituciones –la escuela pero también la iglesia, el servicio militar, entre otros– son lugares de estandarización de los sujetos. No es casual que varios de los principales referentes gráficos para estas pinturas sean ilustraciones tomadas de libros y revistas de educación pública en Estados Unidos que retratan niños felices, uniformados, convertidos en pequeños adultos.

Pero el artista invoca indirectamente aspectos de su propia biografía: Castillo fue expulsado de la escuela de arte al no amoldarse a las expectativas y métodos de la enseñanza convencional. Estas pinturas son un desagravio simbólico sobre las tensiones entre control y creatividad, adiestramiento e imaginación, y cómo en gran medida el pensamiento, la reflexión y el arte son percibidos como elementos innecesarios o subversivos para las lógicas de productividad extrema del capitalismo.

Una de las piezas principales de la exposición es una instalación que muestra unos niños protestando con carteles. Como en sus pinturas, los rostros de las esculturas aparecen como si fueran máscaras. Las largas narices rojas y las sonrisas fingidas sugieren una condición represiva compartida. La obra evoca las implicancias de vivir en un estado constante de miedo y paranoia bélica, señalando también cómo cierto repertorio de símbolos políticos viene siendo progresivamente vaciado de significado.

Sus pesadillas post-apocalípticas funcionan certeramente como espejos en un momento donde el mundo viene observando un brutal recrudecimiento del fascismo, la misoginia, el racismo y el conservadurismo religioso, los cuales vienen tomando el control gubernamental de muchos países en América. Castillo conecta agudamente esas imágenes de una realidad terminal con los momentos germinales de la infancia, recordándonos los efectos sociales del desmantelamiento de la enseñanza pública y los peligros de confundir educación con adoctrinamiento.

 

Miguel A. López